
SALENTO
El Salento se encuentra en el punto más oriental de Italia, enigmática linde entre los claros cielos del Este y los ventosos de la costa. Las montañas de Albania y del Epiro en el horizonte parecen salir al encuentro de ambos mundos.
Aquí el lenguaje de los mayores está trufado de expresiones fenicias y bizantinas; se oye incluso algo de albanés, junto con un dialecto de reminiscencias árabes.
El Salento es tierra de huertas bajas, redondeadas, esparcidos cerca del mar. Por naturaleza, se trata de una de las zonas más húmeda de todo el país, desde el oasis de Torre Guaceto a las afueras de Brindisi, hasta la reserva natural de Le Cesine, cerca de Lecce, donde se encuentran los lagos Alimini, la vida marina de Porto Selvaggio y la submarina de Porto Cesareo.
Aquí la costa tiene un encanto inolvidable, y las calitas, ocultas como lágrimas, son suaves como una oración. La extensión del azul sin fin que llega hasta Leuca parece un finisterre, un Cabo de Hornos pullés, o bien un imponente faro que se yergue majestuoso, como esperando el regreso de sus marinos. Cuando aparece el Mar Jónico, el sol prende fuego al litoral tropical.
Seguimos y encontramos el Salento de los paisajes.
La zona interior del Salento cuenta un centenar de pequeños pueblos, cada uno de ellos con su plaza, sus campanarios y casas como las de América Central, adormecidas por el canto de los grillos y soñolientos por la canícula. El Salento rocoso y el Salento del majestuoso Mediterráneo se mezclan.
También existe el Salento del arte. El “triángulo barroco” que forman Lecce, Martina Franca y Ceglie Messapica, por ejemplo, al igual que el de las Bermudas, tiene un poder magnético que trastorna al viajero.
Después, Lecce, la Florencia del Sur, rica en adornos que parecen creados más por el arte de un escultor que por el cincel de un cantero. Filigranas delicadas, finamente pormenorizadas como un enjambre de abejas, tan obsesivas y magníficas como para aturdir con sus aires de gozo, majestuosidad y exceso.
Lecce es la única, suntuosa y solar demostración del barroco; un milagro de la piedra local, tan blanda y maleable que un cuchillo puede grabarla con la misma facilidad con que un pincel deja en el lienzo su rastro de color. La sorprendente fachada de Santa Cruz revienta ante nuestra mirada con sus adornos singulares, triunfo del estilo barroco; la plaza de la Catedral, una de las más bellas de toda Italia, infunde paz en el turista. Su campanario parece alcanzar las nubes como un rascacielos y ostenta un magnífico equilibrio de perspectiva y espacio. También está San Oronzo, con la columna dedicada a su Santo Patrono, la parte elegante de la ciudad, el anfiteatro romano y el Palacio del Seggio, rodeado de mansiones aristocráticas, balaustradas, vestíbulos y escudos. Lecce es la ciudad más hermosa de todo el Salento.
Seguimos y encontramos Gallipoli, la ciudad que el mar ha depositado en la orilla, protegida por sus bastiones como un niño en la cuna. A lo largo de su historia ha tenido gran importancia por su posición estratégica; su parte más poética y antigua es llamada “isla de luz” sobre su mar eterno.
A continuación, la bellísima ciudad de Otranto, donde el estruendo de los cañonazos en las callejuelas del casco histórico ha dejado desde ese fatídico agosto de 1480 su marca en la historia de nuestra cristiandad, junto con los huesos de seiscientos mártires pasados por la espada de los sarracinos de Aechmet Pachá como en una pesadilla de muerte.
La catedral románica está presidida por el maravilloso mosaico del Árbol de la Vida que cubre su pavimento.
Desde Otranto hasta Leuca, de los complejos turísticos a los aristocráticos palacios. Antes de que Mar Jónico y Mar Adriático se fundan, el rocoso Salento desvela una joya tras otra. Desde Santa Cesarea Terme hasta Castro y Tricase, innumerables casitas corren hasta el mar.
El Salento demuestra su hospitalidad dejando siempre un puesto libre en torno a la mesa, pues incluso el huésped más humilde podría ser un dios de incógnito.
Fe, magia y misterio se dan cita en las cuevas de Romanelli, donde nuestros antepasados transcurrieron 12.000 años; 3.000 son las pinturas rupestres que dejaron en Porto Badisco; los murciélagos de la cueva de Zinzulusa en Castro, como los incontables ojos del monumento fúnebre de Cien Piedras de Pitù, parecen mirarnos desde tiempo inmemorial.
Finalmente, Galatina con su pizzica, una música que suscita en el oyente un irrefrenable deseo de danzar, como si le hubiera picado una misteriosa araña.
Todo ello complementa las sorpresas de una tierra que aún no ha sido descubierta del todo.
TARANTO Y EL MAR JÓNICO
Esta zona de Puglia ha sufrido más que ninguna la influencia de la Grecia antigua. Aquí ciencia, arquitectura y filosofía se han desarrollado significativamente, como demuestra el hecho de que arte y artesanía han evolucionado a partir de modelos típicamente griegos.
Hasta tres mil años de historia siguen vivos aquí.
Taranto, la ciudad más importante de toda la zona, tiene mil rostros diferentes, con profundas tradiciones artísticas y culturales, una maravillosa herencia prehistórica y hermosos frescos en sus numerosas criptas.
A lo largo de la costa Jónica, en cambio, llama la atención la bahía dorada y la fértil campiña que la bordea. La tierra ofrece cultivos de cítricos; en las playas soleadas hay grandes dunas de arena.
Todas estas características confieren al área de Taranto una nobleza indiscutible.
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